24.4.09

RED SONJA, espada pelirroja


La mejor frase en la historia del cine, “lo mejor de la vida: aplastar enemigos, verlos derrotados y escuchar el lamento de sus mujeres”. Lo dijo Conan, aunque la versión fílmica obvió otra de las máximas del esclavo, guerrero, mercenario y futuro rey de Cimeria; precisamente la última frase: “y tomar como propias a las esposas e hijas”. Es que Conan era muy pícaro y así como metía la espada metía también otras cosas, le dieran o no le dieran la pasada. Pero entre todas las bellezas de la era Hyboriana hubo una que nunca se dejó intimidar por el bárbaro, jugó con él, se hizo la linda, lo sedujo y luego se deshizo de él sin permitirle que le pusiera un dedo encima: Red Sonja (o Sonia, la roja, o Sonia, la pelirroja o Sonia, la diableza o Sonia, la guerrera o La guerrera roja o la mina rica del pelo rojo, la espada fálica y el inservible bikini de metal), quien se convirtió en leyenda gracias a la letal combinación de su belleza sobrehumana y técnicas de lucha cuerpo a cuerpo, maestría que aprendió luego del trauma de ser violada colectivamente a los 16 años, abandonada en el bosque y rescatada por una criatura andrógina y pelirroja que la convenció de entrenarse para convertirse en el arma viviente mas letal de su época. Claro, si eres bárbaro y se te aparece una mina que es como la versión colorina de Giselle Budchen lo primero que atinas es a tirarte encima para hacerle cochinadas, el problema es que cuando esta top model de la fantasía heroica resulta mejor para los comos que tu. Y además más ágil y valiente. Y con el trauma de un abuso encima. Si ya era duro ser hombre en esta época (los 10 mil años que mediaron entre el hundimiento de la Atlántida y el surgimiento de la actual civilización), encontrarse con que la mina más rica del mundo lo único que quiere es castrarte o sea… Red Sonja es la guerrera original, la primera que nos convenció que una mina rica podía derrotar dragones vestida con una inservible, desde toda lógica, bikini metálico, porque obvio, mientras los machos necesitan pesadas armaduras para resistir ataques de demonios y guerreros, a ella le basta con correr a teta pelada, como una vedette con espadas y lanzas: como la madre espiritual de las más inocentes Teela y She-Ra, otras guapas con bikinis heroicos. Dios bendiga a los bikinis heroicos, amén… nos hicieron la vida más fácil a todos y convirtieron a Sonja en guerrera en otro sueño mojado, desde la prosa de Robert E. Howard, los lápices de Roy Thomas, la versión lésbica de Briggite Nielsen a la reinterpretación calentona de Frank Cho, Adam Hughes y ésta, el remake de Nelson Dániel. Ok, nos gustan las minas rudas, las que nos pueden sacar la cresta, dejarnos quebrados y tirados, pero con cara de tonto. Y si es Red Sonja la que nos pega, nosotros feliz, porque tal vez entre tanta pelea, y con tan diminuto traje, podamos comprobar que el mayor secreto de las pelirrojas sigue siendo suave y acogedor, más allá de los metales, sables y las carnes abiertas a cortes precisos.

17.4.09

JESSICA RABBIT, el sueño del conejo


No hay imagen más perturbadora que la primera aparición de la señora Rabbit. Bajan las luces, un solo foco, piano suave y entonces se viene… una enorme, gigantesca, bombástica, hipertextual, e imposible teta apretada en lentejuelas rojas. Blanda. mordible, deliciosa, tentadora y absoluta, asomada al borde de una cortina. Luego la pierna más larga y los tacos aguja mejor puestos en la historia de la animación. Una artillería de escote y tajo abierto de la cadera a más allá, como diría Buzz Lightyear. Un perfil incendiario, una geografía de esas que dan ganas de tirarse en picada para recorrer con el vehículo de la lengua. Jessica Rabbit… Nos bastó su primera aparición, su segundo inicial, para amarla y desearla, para querer empelotarla, arrancarle la ropa, verla en la ducha, sobada con jabones de chocolate, posando sobre sábanas blancas, mojada, amarrada y dispuesta a cuanta fantasía perversa dibujó mi cabeza de adolescente macaquera. ¿Pide un deseo? Ser la mano de Jessica Rabbit cuando se baña… ¿Y qué podía ver esta montaña de carne en un conejo con cara de imbécil? Doy fe que no fui el único que se hizo la pregunta al ver la película. Ni siquiera era divertido, menos inteligente y por lo que podía verse no estaba muy bien dotado, claro, el huevón era un conejo y tal vez por ahí estaba su gracia, por eso lograba tener a la hembra que todos querían, porque en Toonland todos querían a Jessica. O todos la queríamos... Jessica Rabbit una maldita obra de arte del onanismo en dibujos animados, un monumento a la paja, al sueño mojado de todos los hombres de este vil planeta, la pelirroja tetona y culona con la que todos soñamos cuando nos empiezan a picar los cocos. Que quieren que les diga, yo la miro y aún me arden… las manos.

10.4.09

GATUBELA, de cuero, siete vidas y otras cosas.


La reina Victoria que era muy dura pero también muy sabia lo dijo: “el mundo se divide en dos, los amantes de los gatos y los subnormales”. Winston Churchill también agregó su grano de arena, “entre perros y gatos prefiero a estos últimos, está comprobado que los amantes de los gatos son más inteligentes”. Y debe ser así, de otra forma no se explica como Batman, el más brillante hombre sobre la tierra, tiene un obvio favoritismo por los felinos. Y bueno, se entiende cuando el objeto de tu pasión animal tiene la cara, los ojos, los brazos, las tetas, la espalda, la guatita, el culo, las piernas, el látigo y los tacones de Selina Kyle, Gatúbela o Catwoman, como quieran ustedes. Es que hay algo ricamente perverso en ella, su idea de morena de medidas perfectas y curvas imposibles, apretadas bajo un disfraz de cuero entallado al cuerpo, lo suficientemente resistente como para permitirle saltar de torre en torre de Gotham City sin perder un ápice de elegancia, porque Selina es ante todo elegante, como una gata persa, y esa es una gran diferencia. Olvidemos a Michelle Pfeiffer, o a Halle Berry, o a las tres que la encarnaron en la serie de los 60. Incluso a la deliciosa Marion Cotillard que se rumorea se vestirá de gata en la próxima de Chris Nolan. Esas, las versiones de carne y hueso de Gatúbela no me interesan, no me pasa nada con ellas, porque son posibles, porque sólo son mujeres bonitas disfrazadas. No hay imposible, no hay sexo, no hay calentura real en ellas. Mi gata predilecta es la callejera mal genio de buen poto de Frank Miller, la belleza noir de Bruce Timm y Paul Dini, la explosiva curvilínea “boom”bastica de Adam Hughes y la estilizada versión de Jim Lee, con cara de ángel y cuerpo de puta, entre tantas otras… La misma que cruza sus piernas alrededor de Batman y lo hacen olvidar su cruzada. Una mala que es buena, una mujer con secretos, doble personalidad, doble vida, peligrosa como pocas, letal en la cama como un arañazo en la espalda. Un miau lascivo desde la terraza de la esquina, una sombra, una silueta acogedora, mordible, chupable. Si fuera Batman me vuelvo loco, tanto años de tirar y aflojar, muy superhéroe será pero tiene pico. Préstenme el traje del murciélago una noche y castigo a la gata, la amarro contra la cruz de la catedral con su propio látigo/cola, le quito la ropa, la langüeteo como un roedor alado y luego la hago ver gatitos de colores a la luz de la luna. Y después, con una buena nalgada la dejo ir, porque ese es el trato con ella, porque estoy seguro el juego va a continuar mañana y pasado mañana, noche tras noche, la ladrona y el héroe, la gata mojada y la bestia vestida de demonio. La reina Victoria tenía razón, Batman también.

WILMA DEERING, Uniforme caliente


La primera vez que perdí la virginidad fue con una milica, la coronel Wilma Deering. Era 1979, tenía 5 años y a esa edad las mujeres me interesaban poco y nada. Al menos no más que el nuevo auto de la colección Matchbox o la bicicleta aro 20 con 5 cambios de Cic, pero ese año llegó a canal 7 una serie que cambió mi apreciación de la vida para siempre: Buck Rogers en el Siglo XXI. Y no precisamente por la historia, los rudimentarios efectos especiales o la ridícula banda sonora, sino por ella: Erin Gray, la coronel Wilma Deering, no sólo la mujer más bella que mis infantiles ojos habían visto, sino la primera que alimentó en mi naciente fantasía masculina la idea de que una chica podía ser más que bonita, sexy, mina, hot, caliente.
Wilma Deering fue la primera mujer que literalmente me hizo picar los cocos. Porque claro, en la serie había otra bomba hot, la Princesa Ardala, pero esta era como rasca, obvia y se vestía como vedette del entonces suplemento Candilejas de LUN. En cambio Wilma no mostraba mucho, porque no necesitaba hacerlo, bastaba verla caminar y listo. Es que la coronel Deering inauguró el uso del spandex con sus perturbadores trajes ajustados de una sola pieza, ceñidos a su curvilíneo cuerpo de top model, porque con los años supe que Erin Gray había sido la primera top model que saltó de las pasarelas y los
catálogos a la pantalla. En los 70 esta morena (arrubiada en la serie) de ojos azules era lo más parecido a Giselle Bundchen, pero claro, en esa época, las modelos no le importaban a nadie, excepto a un pendejo de 4 años, mirando a una mujer metida en un traje imposible, caminando con tacones, disparando pistolas láser, piloteando cazas de combate y liderando las fuerzas militares de la tierra, porque la chica además era ruda, milica de tomo y lomo. Y que bien se veía además con su blanco uniforme de batalla (porque en el siglo XXV los militares se vestirán de blanco y tendrán tetas y traseros respingados). Con perdón, pero no me vengan con princesas Leias y Padmes, en el mundo de la cifi, estas dos son niñas al lado de Wilma Deering. Y no estoy solo en esta cruzada, el culto online a la coronel es tan largo como lo que quieran que sea largo. Dos imágenes para el recuerdo, imborrables. Amarrada en una silla, a punto de ser torturada, haciéndose la lista con un maloso que le acaricia el mentón pero que en el fondo nos dice que esta a punto de desvestirla para probarla antes de enviarla al planeta de las chicas esclavas. Otra más, vampirizada por el Borbón (un nosferatu galáctico) convertida al fin en la perra en celo que ocultaba bajo su postura de perfecta oficial en jefe de las defensas terrícolas. Nunca entendí como el idiota de Buck Rogers jamás se la llevó a la cama, menos como ella podía ser lo más parecido a Pinochet en la ficción televisiva de los 70 (tenían el mismo rango) tampoco digamos que me interesaba mucho, yo solo quería estar bajo sus ordenes, marchando detrás de ese trasero de estaño apretado en spandex rojo o azul brillante.